Me permito experimentar el milagro de ver a mis hijos dormidos y como todo mi amor sube desde mi corazón y me dibuja una sonrisa, amplia, de verdad.
Entonces doy las gracias, una dos, muchas veces, por contemplar tanta belleza y muy despacio me cuelo a su lado en la cama y estoy.
Ellos notan mi presencia y la sonrisa se contagia, hasta formar una, la sonrisa de la familia el sábado por la mañana.

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